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PERDÓN. INOCENCIA.

Es preciso entender y corregir el error de creer que la aceptación de alguien tiene que depender de su buen comportamiento. La verdadera solución es a la inversa, primero se acepta a la persona tal como es, y como consecuencia de ello, en forma natural, se irá corrigiendo el comportamiento. (En el peor de los casos, la persona seguirá igual, pero ya no nos molestará tanto, no nos quitará nuestra paz.)

Sin aceptación y perdón, el cambio de conducta no es real, es sólo una negociación en la que cambiamos de conducta para obtener un beneficio específico o evitar algún tipo de castigo. Todas las conductas disfuncionales se originan en la supuesta necesidad de obtener algo de lo cual carecemos.

La total aceptación de los demás y de nosotros mismos nos hace sentir plenitud y al experimentar plenitud no sentimos ninguna carencia, que es lo que motiva las conductas disfuncionales, aquellas que comúnmente llamamos malas conductas.

Por ejemplo: ser egoísta se origina en la sensación de que nos falta o nos faltarán bienes. Ser posesivo se basa en la idea de que nos faltan ciertas virtudes y que al apoderarnos de alguien que las tiene las adquiriremos nosotros. Si somos agresivos es porque sentimos que carecemos de seguridad; etc.

Así, toda conducta disfuncional se basa en la idea de alguna carencia.  En cambio, al aceptar totalmente a los demás tal como son en el presente, en forma incondicional, sin depender de sus conductas, es como si los integráramos a nosotros mismos –y en realidad eso es lo que hacemos– estamos integrando todas las facetas de nosotros mismos que vemos reflejadas en ellos, pues todo aquello que nos agrada o desagrada de los demás son características que vemos en nosotros mismos.

¿Para qué querríamos integrar facetas que no nos agradan o que no aprobamos?  En realidad es lo contrario. Las características que rechazamos de los demás son aquellas que en el fondo, en un nivel subconsciente, sabemos que compartimos con ellos. Al rechazar a esas personas, lo que hacemos es anclar aún más esas características en nosotros mismos. Sólo después de aceptar y perdonar a esas personas, estaremos en condiciones de reconocer conscientemente que esas cualidades que acabamos de perdonar también están en nosotros.

Así, tendremos una inmejorable oportunidad para cambiar esa característica que no aprobamos y que sólo ahora reconocemos que poseemos. Pero eso no es todo, el proceso de perdón y aceptación tiene otro poderoso efecto, y es que también nos permite manifestar todas las facetas positivas que vienen asociadas a las características que acabamos de perdonar e integrar.

Por ejemplo, si lo que reprimíamos y negábamos era la agresividad, al aceptar y perdonar a las personas agresivas nos permitimos abrazar y expresar sanamente la fuerza, el vigor y el entusiasmo, todas cualidades positivas que venían en el paquete que habíamos rechazado para ocultar que todos los juicios de condena que habíamos emitido en contra de esa persona eran en realidad en contra de nosotros mismos.

Y como hemos dicho en reiteradas oportunidades, sólo al aceptarnos completamente podremos experimentar el estado de plenitud.