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CULPA. RESENTIMIENTO. CASTIGO.

La culpa negada es probablemente el origen de todos los problemas del hombre. De allí nace toda la necesidad de castigo, y por lo tanto, la condena a estar en permanente conflicto con todo aquel que se “debe” castigar.

Debemos entender que nuestro ego es muy astuto en lograr su gran objetivo, que no es otro que mantenernos constantemente separados de los demás; y su táctica natural es perpetuar el conflicto.   

Para lograr esto, combina dos mecanismos verdaderamente ingeniosos, por un lado el de la negación de la culpa propia, y por el otro, el de la proyección de esa culpa hacia los otros. Así, esta culpa se mantiene totalmente protegida en su origen, pero a la vez, cumple con su necesidad de descargarse; y lo hace en forma de rabia o resentimiento hacia quienes deberían ser nuestros amados e inseparables hermanos. 

Pero hay aun dos mecanismos más que el ego utiliza en su cruzada. Por su forma de percibir la realidad, nos oculta nuestra naturaleza y origen divino, donde encontraríamos todo el amor y la autoestima que pudiéramos desear y necesitar. Al mismo tiempo, nuestro ego nos convence que somos seres totalmente individuales e independientes, y que como tales, nuestra felicidad e incluso nuestra salvación, dependen de que establezcamos superioridad sobre los demás.

Con estos dos mecanismos, nuestro ego consigue un doble propósito: que jamás busquemos la verdadera satisfacción donde realmente puede ser hallada, y en cambio la procuremos haciendo su juego de destacarnos o separarnos de los demás.  Así, el ego procura perpetuar su reino, pues sabe que su promesa de felicidad es falsa, pues jamás encontraremos una satisfacción definitiva en el juego de superar o vencer a los demás.   

El ego sabe muy bien que si nos atreviéramos a mirar, reconocer y perdonar nuestra culpa, su castillo se derrumbaría hasta los mismos cimientos.  Por lo tanto intenta, en primer lugar, que nos neguemos a ver la culpa, esto a través de dos grandes argumentos: el miedo al castigo divino y recordándonos constantemente que si reconocemos la culpa, ya no podremos ser superiores a los demás. Si aun así, nos atrevemos a reconocer la culpa, nuestro ego nos dice que esto nos pone por debajo de los demás, al tiempo que nos hace indignos del amor de ellos o de Dios, con lo cual también logrará su objetivo de mantenernos separados. 

Por todo esto, la mayor preocupación de nuestro ego siempre será evitar por todos los medios que nos deshagamos definitivamente de la culpa.