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ABUNDANCIA. LOGROS.

¿Eres tú de aquellos que cree que Dios tiene todo el poder del Universo en sus manos, que no tiene absolutamente ningún límite de recursos y que además es la fuente misma del amor verdadero; es decir, que ama incondicionalmente a todos sus hijos, mucho más allá de lo que cualquier ser humano haya podido amar jamás? 

Entonces, si crees en estas aseveraciones debes haberte preguntado más de una vez: ¿Por qué Dios no me da a manos llenas todo lo que deseo y necesito, con mucha mayor abundancia y generosidad de la que yo tendría con mis seres más queridos si tuviera recursos ilimitados? 

No sé qué te habrás respondido antes, pero te sugiero que notes que si todo lo que señalamos anteriormente sobre Dios es cierto, entonces hay una sola respuesta posible: El responsable de que no tengas todo lo que deseas no puede ser nadie más que tú mismo.

Si hasta aquí estás de acuerdo con todo el planteamiento, quizás pienses que son tus pecados los que impiden que Dios te dé todo lo que pides. Sin embargo, piensa en la persona que más amas en el mundo y pregúntate si tú serías tan exigente, puntilloso y legalista con esa persona al momento de darle lo que te pide, considerando que tendrías recursos ilimitados.

Podrás pensar que Dios a diferencia de ti, debe ser más riguroso, justo y equitativo en lo que le da a cada uno, pero ¿qué pasa con el infinito amor y la misericordia de Dios?  ¿Acaso puede Dios, por razón del rigor, la  justicia y la equidad, estar condenado a ser menos generoso de lo que serías tú en su lugar? 

Una vez más te invito a comprender que la razón por la cual no recibes todo lo que deseas está en ti, no en Dios, no en los demás, no en las leyes, no en la justicia, no en la mecánica del Universo.

No obstante, todos estos factores actúan; pero actúan subordinados a tus decisiones. ¿Y cuáles son esas benditas decisiones que determinan lo que recibes?  Tu propia generosidad, tu misericordia, tu perdón, tus buenos deseos hacia los demás –y en general– tu amor a Dios, al prójimo y a ti mismo.

Pero debes entender claramente una cosa: no es Dios el que te castiga por no poseer esas virtudes; sino que eres tú, quien al rechazar esas virtudes –que son parte de ti– estás rechazando los bienes, que no son otra cosa que las manifestaciones de dichas virtudes.